Por: Mariano Cervantes
Los hechos son aplastantes: hoy, un derechohabiente que acude al IMSS con una urgencia debe esperar con paciencia para ser atendido. Lo pasarán a una sala abarrotada, donde le asignarán una silla. Estará sentado durante horas, hasta que se desocupe una camilla y, si necesita ser hospitalizado, tendrá que esperar incluso días para que se desocupe una cama. Y cuando finalmente lo suban a piso, tendrá que esperar a que al especialista le vuelva a tocar hacer su ronda; si bien le va, un día después, para ser valorado e iniciar su tratamiento.
Pero no solo en Urgencias. Hoy, cualquier paciente que necesite una consulta con un especialista debe esperar hasta dos meses, y a veces más, para obtener una cita. Tiempos similares para estudios de laboratorio, y ni se diga para una resonancia u otros estudios especializados. Y caso aparte son las esperas para una cirugía.
Y luego está el hecho cotidiano del surtido incompleto de las recetas.
También es un hecho que en el IMSS de Durango, con la mano en la cintura, le cancelan una quimioterapia a un paciente con cáncer y le piden que regrese un mes después; luego vuelven a suspenderla, hasta cinco veces, y finalmente simplemente informan a la familia que el cáncer avanzó y que ya no hay remedio. Comprobable.
Todo esto no son exageraciones ni especulaciones. Es la manera verificable en la que funciona el Instituto Mexicano del Seguro Social.
Y precisamente por eso, cuando ocurre una tragedia como la muerte de cinco bebés en sus instalaciones, no puede analizarse como si se tratara de un hecho aislado, desconectado de la realidad cotidiana que enfrentan miles de derechohabientes. No significa, por supuesto, que cada una de las deficiencias descritas explique por sí misma la muerte de esos bebés; significa algo distinto y mucho más elemental: cuando una institución acumula fallas en prácticamente todos los niveles de atención, cuando faltan espacios, personal, medicamentos, estudios oportunos y capacidad de respuesta, la posibilidad de que una falla termine convirtiéndose en una tragedia deja de ser una hipótesis remota.
La muerte de cinco bebés obliga, entonces, a mirar no solamente lo que ocurrió en esas horas y en esas instalaciones, sino el estado general de la institución en la que ocurrió. Porque una tragedia de esa magnitud no puede despacharse simplemente como un error individual, una circunstancia desafortunada o un episodio excepcional sin preguntarse qué condiciones hicieron posible que ocurriera.
El deterioro de la institución es sistemático. El descuido alcanza todas sus áreas, por lo que no puede ser sorpresa que la consecuencia sea la muerte injustificada de inocentes.
Y entonces se moviliza toda la estructura del sistema, no para corregir las fallas, sino para encontrar cómo justificarse.
Y ahora, culpar al “neoliberalismo” de la pérdida de vidas de bebés en el IMSS es exactamente el tipo de explicación que se espera de quien afirma que el Metro se cayó porque “hay gente perversa que, en un descuido, va y le mueve a la ballena —trabe— para que se caiga”.
Pero no es la respuesta de una legisladora despistada. Es el reflejo de un sistema que busca cargar a otros sus culpas y desviar la atención. Y no son solo las ocurrencias.
La única respuesta será que el IMSS sea dotado de instalaciones, personal, insumos y medicamentos suficientes.
La única corrección viable es que la gente no tenga que esperar horas, días o meses para recibir la atención que necesita.
Solo esa será la única corrección que valga.












































